martes, 19 de enero de 2010

Asalto en el 9° piso. (Subterfugio)


Hay sangre en el vidrio. No pasaría nada si la ventana en cuestión no estuviera en un noveno piso, pero tal y como están las cosas podría considerarse algo extraño. La policía va a darse cuenta, notará que no hay salida de emergencia ni cadáver en el callejón y empezará a hacer preguntas. Luego, cuando el forense informe de que el cuerpo hallado en el sofá totalmente seco habrá más preguntas todavía. Alguien con colmillos terminará sumando dos y dos y me meterá en un buen lío, ya que ha sido mi chiquillo el que ha organizado todo este desastre. Así que tengo que encargarme yo de la limpieza, porque en caso contrario el Príncipe (tengo un palo tan metido en el culo que no sé cómo no estoy paralizado) LeClercq usará esto como excusa para convertirnos a mí y a mi chaval en cenizas. Y aunque en estos momentos me importa una mierda lo que le suceda a mi Abrazado errante, no tengo la menor intención de ser crucificado solo porque él haya querido correrse una juerga.

Lo primero es lo primero. Destrozo el lugar en el mayor silencio posible. Queda algo de sangre en el cadáver, así que la esparzo por todas partes con cuidado de no dejar marcas de botas. En el proceso cojo todo lo que encuentro de valor con la esperanza de que algún hastiado detective de homicidios lo considere un caso de drogadicto asaltando un apartamento y encontrando dentro a sus dueños. El truco no resistirá un estudio detallado, pero al menos llevará a los polis por el camino equivocado si al final montan una investigación.

Luego tomo el cuerpo y lo arrojo por la ventana. Espero unos segundos para escuchar ese agradable golpe contra el pavimento (que tan bien conozco después de tantos “trabajos”) y me concentro un  momento, deshaciéndome de mi forma humana. Si alguien está mirando hacia la ventana desde la que el cuerpo cayó al vacío solo verá un murciélago perdiéndose en la noche.

Y ya ves, soy un murciélago muy cabreado, pero desde lejos esas cosas no son fáciles de distinguir.

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