"¿Estamos de acuerdo entonces en que uno de nosotros asuma los títulos y el nombre de 'Padre'?"Siete cabezas se inclinaron en señal de asentimiento. Había siete hombres en la sala, todos notablemente similares en complexión y aspecto. Todos tenían una barbilla fuerte y un rostro aristocrático y llevaban ropas elegantes demasiado cálidas para la noche castellana. Afuera sonaban voces en español y portugués: comerciantes anunciando sus mercancías, sus vinos, sus mujeres. Las voces flotaban hasta el interior a través de una ventana, igual que la luz de la luna menguante al oeste.
"Si la destrucción de nuestro sire llegara al dominio público las consecuencias serian...desagradables. Daria esperanzas a los anarquistas y a sus titiriteros. Haría que algunos de nuestros hermanos mas jóvenes desertaran de la causa por miedo a nuestra debilidad y provocarían división en los consejos de los pares de nuestros padres, retrasando la unificación de los clanes. Todos esos resultados me parecen indeseables". El orador podía ser el mayor de los siete reunidos. Se sentaba en una silla alta tapizada de rojo, con las patas doradas en forma de garras de león. Los demás ocupaban asientos más bajos y pequeños; uno de ellos, el que estaba más cerca de la ventana, tomo la palabra.
"¿Pero quién? ¿Y qué medidas se tomaran para asegurar el secreto del asunto? Ser descubiertos en esta charada sería peor que admitir la destrucción del Padre".
El mayor se encogió ligeramente de hombros. "Habían pensado que, siendo el más cercano a Padre en edad y poder...” - hubo algunos murmullos "...podría hacerlo yo, por asi decirlo. Y confiaría en los lazos de nuestro linaje común para asegurar vuestro silencio".
Los demás miraron a su alrededor, encontrándose sus ojos a medida que evaluaban su mutua resolución para lanzar un desafío. Después llegó un coro de confirmaciones: "Si, por supuesto, serian parte del plan..."
"Vuestra demostración de solidaridad es conmovedora, hermanos. ¿Me excusareis por un momento?" El mayor de los chiquillos de Hardestadt se levanto y camino hasta la puerta de la biblioteca, que un criado de ghoul que antaño había servido a la Orden Templaria mantenía abierta para él. A sus espaldas pudo oír el ruido de las copas de metal sobre la mesa de madera, mientras sus hermanos se servían los refrescos que habían preparado horas antes. Cada copa contenía una mezcla de la vitae de varios poderosos y antiguos Cainitas, todos destruidos mucho tiempo atrás por Hardestadt el Joven. Cada una llevaba también algo de la propia vitae de Hardestadt , enmascarada por los sabores de la sangre antigua. No era la primera vez que Hardestadt empleaba tales subterfugios; inclinar la voluntad de un sumiller era fácil para alguien con su poder.
El silencio estaba asegurado desde luego.
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